Monday, August 10, 2020
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Me cogió de la mano y me llevó hacia el cuarto de mis padres. Aquello me hacía sentir como una trasgesora total, como si traicionara a mamá, que usaba las bragas, las joyas, su traje de boda y finalmente, su cama. Al principio no tenía ganas de nada. Ricardo se me acercó para besarme y tuve que inclinar la cabeza, pues los zapatos blancos de aguja, por supuesto, de mamá, me hacían mucho más alta que él. Me comió la boca con un beso apasionado que apenas respondí por compromiso. Se quitó la chaqueta. Había traído un lector de CDs y empezó a sonar una música espiritual, instrumental y exótica. Me cogió. Bailamos. Al sentirme abrazada a él, la verdad es que se me pasó un poco el disgusto. Me gustaban otros chicos y me gustan, pero no cabe duda de que era a Ricardo al chico que más quería y el que más sexo me había hecho disfrutar. Mis besos se fueron volviendo más tiernos, más apasionados. Deseaba descalzarme para estar a su altura. Pero me pidió que me quitara el vestido antes. Me fui desnudando. Veía mi cuerpo sobrecargado de joyas en los cristales del armario y de la cómoda. Me volví a dejar abrazar por Ricardo, que me agarraba de las nalgas mientras con el rabillo del ojo me miraba el culo atrapado entre sus manos. xxx sexo videos xnxx porno español xhamster anal porno amateur brazzers porno casero cornudos Me desabroché el sostén, como me pidió mientras el se desabrochaba la camisa. Puso en mi cuello su pajarita. Luego, cogió un nuevo collar, de piedrecitas, un poco hippy, y me lo colocó alrededor de la cintura. Nos abrazamos de nuevo. Sentí la textura de su camisa blanca y la piel de su pecho en mis pezones excitados. Me pidió que me quitara las bragas. Mi hermano estaba extasiado viendo como desabrochaba el liguero de las medias para sacarme las bragas. Él se quitó los zapatos y yo pensé que podría quitarme aquellos zapatos altísimos. No me lo consintió. Acto seguido se quitó los pantalones y le ví con unos calzones de los de toda la vida, no unos slips , sino unos calzoncillos largos. La cabecita de su picha quería salirse juguetona entre los botones de su bragueta. Yo me acerqué a él y le desabroché la bragueta mientras nos besábamos. El pene salió de sus calzoncillos y lo acaricié. Ricardo me recompensó tocándome mi rajita desnuda de pelos y metiendo la yema de su dedo dentro de mi rajita humedecida. Me pidió que le diera un lamentón en la picha. No me podía negar, y menos el día de nuestra boda. Fue un lametón descarado pero breve, pues Ricardo me obligó a ponerme de pié de nuevo y me empujó con suavidad a la cama. No abrimos ni siquiera las sábanas. Apartamos la colcha y allí, Ricardo y yo nos echamos, abrazados, besándonos de nuevo. Cada vez que me movía sonaban las cuantiosas joyas que me colgaban. Me sentía incómoda con los zapatos en la cama. Ricardo se había quitado los calzoncillos y yo acariciaba su pene, dándole masajes en toda su longitud hasta hundir mis dedos en su escroto, cada vez más rugoso. Le cogí sus huevos duros al sentir lamer de mis pezones. Lo tenía entre mis piernas. Yo alargaba mi mano para cogerle los huevos y el me lamía, mordía con los dientes y estiraba de ellos. Me volvía loca. Y cuando aquel pezón estaba ya excitado, mi hermano atacaba el otro. - ¡Follame!- Aquellas palabras salieron de mi boca sin yo quererlo, sin darme cuenta. le dije. Se lo repetí varias veces. Al fin se puso de rodillas y sacó de la mesita de noche un preservativo cuyo coste había financiado sin saber. Lo sabía por que reconocí la bolsa de la farmacia en que la caja estaba envuelta al lado del preservativo. Ricardo rompió la funda y se lo quería poner aunque no atinaba, pues estaba muy nervioso. Me lo dejó a la tercera vez que se lo pedí. No deja de ser paradójico que yo le colocara el preservativo a mi hermano con el que íbamos a consumar nuestro incestuoso amor. Lo desenrollé suavemente en su pene. Los dos mirábamos en silencio cómo la funda se extendía durante unos segundos. Después, Ricardo me empujó con dulzura, hasta tumbarme en la cama. Mi hermano me cogió los hombros por detrás de mi espalda y me llevó hacia él. Sentí la cabecita entre mis labios, a punto de penetrarme. Yo ya ni me acordaba de la última vez. Le pedí que me penetrara despacio, y Ricardo se portó como un amante comprensivo, ganando mi sexo centímetro a centímetro, segundo a segundo. Me sentía dilatar y creo que Ricardo sentía mi dilatación ante él. Abrí las piernas. Ese era tal vez el motivo por el que Ricardo no quería que me quitara los zapatos. Con los taconazos aquellos, mis caderas parecían obligadas a ensancharse más, mi cintura se arqueaba más y sentía mi sexo muy expuesto a sus embestidas. Ricardo me la había metido entera ya y el escroto contagiaba su calor a mis nalgas, como yo contagiaba de mi humedad a la base de su pene. Ricardo ya sabía lo que tenía que hacer. Yo no se si lo aprendió en las películas porno o es un instinto que los hombres tienen, lo mismo que no me acuerdo si me muevo por que me lo pidió el cuerpo la primera vez que lo hice o por que algún chico me pidió que me moviera. No me hizo falta, en cualquier caso, que Ricardo me lo pidiera esta vez. Nos miramos profundamente a los ojos mientras comenzamos a movernos el uno contra el otro, acompasando nuestro movimiento, deseando que el roce fuera el máximo. Mi vagina recogía todo el placer que mi hermano me proporcionaba con su pene. Me había cogido las manos y las manteníamos unidas por encima de mis hombros, y al no tener punto de apoyo, mi hermano me la clavaba profundamente. Sentí mi vagina comenzar a convulsionarse, excitada al ver los esfuerzos que mi macho, Ricardo, hacía ya por vaciarse, por hincarmela, arqueando su espalda, contrayendo sus lumbares, metiendo sus riñones, mirando al techo. Comencé a gemir, con unos gemidos ahogados, roncos, mitigados, rugidos de leona asmática. Arqueaba mis caderas. Las joyas hacían que al moverme sonaran como cascabeles alrededor de mí. Doblaba la espalda y sentía mi piel húmeda por el sudor, mis peones ardientes sentían el roce del aire y buscaban el contacto de Ricardo, que de pronto se desplomó sobre mí, vacío de semen y de fuerzas, y aunque se continuaba moviendo, lo hacía ya por seguir proporcionándome un placer que ya remitía. Le besé la oreja. -Ya está, amor mío, ya está.- Le dije para sosegarle y después lo tuve un rato encima de mi, disfrutando acariciando sus nalgas sudorosas, intercambiando nuestros besos, nos apartamos. Quedamos en la cara callados y luego, Ricardo fue a tirar el preservativo a la basura, bien escondido, según me dijo, para que no lo encontrara nadie.

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